Por Emanuel López

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”. Jeremías 1:5 (NTV)

En este versículo se revela nuestro origen y una verdad que es hermosa: nacimos en el pensamiento y corazón de Dios. Papá nos pensó y trazó un plan y una asignación específica dentro de Su propósito eterno para cada uno de sus hijos, aún antes de habernos formado en el vientre de nuestra madre.

Cuando hablamos de propósito nos referimos a la razón original por lo cual hemos sido creados, que es habitar en el corazón del Padre, manifestar a Cristo en la tierra y reunir todas las cosas bajo el gobierno del Hijo. Al referimos a asignación, estamos hablando de la tarea que nos fue delegada dentro del cuerpo de Cristo, y que tiene como fin edificar a la Iglesia.

¿Por qué decimos que el propósito de Dios es eterno? Porque entendemos que el propósito con el que Dios nos trajo al mundo tiene que ver con lo que Cristo nos encomendó a hacer: todo es por medio de Cristo y para Cristo, Él es eterno y todo lo que hagamos para Él y en Él tiene trascendencia eterna, sea lo que sea que hagamos siempre estaremos enfocados en Cristo: pensando en darle Gloria a Él.

Entonces, podemos decir qué tener un propósito eterno significa que todo lo que vamos a hacer es por medio de Cristo. Si algo no está en Cristo, perece. Porque en el Hijo se haya la vida, y nada puede subsistir fuera de Él.

Para reflexionar: ¿Conoce la asignación de Dios para su vida en este tiempo? ¿Vive de tal manera que cumple el propósito de Cristo?

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