Por Yolanda Castro

«Toda persona debe someterse a las autoridades de gobierno, pues toda autoridad proviene de Dios, y los que ocupan puestos de autoridad están allí colocados por Dios. Por lo tanto, cualquiera que se rebele contra la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido, y será castigado». Romanos 13:1-2 (NTV)

La sujeción es someterse en obediencia a una autoridad. Someterse es maravilloso cuando se comprende su necesidad e importancia, y aún su recompensa. Es una ofensa al amor propio y al orgullo. En estos textos, se nos enseña que la obediencia a Dios es un sistema de orden lineal, y de alineación a la cabeza de la iglesia (Cristo). Instituida por Él, para establecer orden y unidad.
Las autoridades son puestas y respaldadas por Él. Es a partir de la sujeción que se imparte un mismo espíritu, donde todas las partes de un mismo cuerpo obedecen al diseño de Dios y es donde los sueños de Dios se concretan bajo el poder del acuerdo.

Podemos imaginar que cuando esto sucede en la iglesia, la unidad de una misma visión y espíritu es desatada, y el crecimiento espiritual se produce parejo y armónico. De esta manera se produce la sujeción conyugal en la familia, tal como afirma Efesios 5:24 “Así como la iglesia se somete a Cristo, de igual manera la esposa debe someterse en todo a su marido” (NTV).

Sujetarse al marido, es como sujetarse a Cristo. Es por eso que aquí hay muchos cuestionamientos, pero la sujeción no es una opción en la sabiduría del Padre. Este orden establecido en obediencia, humildad y negación a si mismo asegura bendición desde la cabeza al cuerpo y da autoridad al que obedece.

La sujeción habilita que aquellos propósitos, que están en Cristo, se cumplan. Humillarnos nos lleva a ser exaltados delante del Padre.

Para reflexionar: Considerando lo expuesto, conteste: ¿Le cuesta sujetarse? ¿Puede reconocer actitudes rebeldes en su corazón con respecto a las autoridades? 

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