Prof. Natanael Ceballos

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RESUMEN:

La obediencia a Dios es el único medio por el cual expresamos la vida de Cristo en la tierra. Se requiere de todo participante del propósito eterno, como principal requisito, que sea obediente. Del griego hupékoos obediente es aquel que escucha con atención y acata la voluntad del que manda, cumpliendo con fidelidad lo que se le encomienda.

Si queremos ser útiles en el propósito eterno, debemos llevar una vida de escuchar con atención y hacer lo que escuchamos con fidelidad ¿Cuánto tiempo de nuestra vida dedicamos a escuchar a Dios? ¿Qué importancia tiene su voz en nuestras decisiones?

Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús.  Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse.  En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales”. Filipenses 2:5-8

La humildad es un requisito fundamental para ser obediente. Alguien que no ha muerto a su orgullo nunca será obediente. Alguien orgulloso cree que sabe más que quien manda. El orgulloso cree que no necesita que le digan qué hacer o cómo hacerlo. El orgulloso está lleno de argumentos y justificaciones para no cumplir con lo que se le manda. Para ser obedientes debemos comenzar por rendir nuestra propia voluntad todos los días.

“Luego Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará”. Mateo 16:24-25

En otras versiones: niéguese a sí mismo, abandonen su manera egoísta de vivir, renunciar a sí mismo, olvidarse de hacer su propia voluntad. ¿Alguno ha experimentado lo difícil que es renunciar a nuestra propia voluntad? El ap Pablo da una imagen muy acertada: adoptó la humilde posición de un esclavo. Un esclavo se olvida de hacer su propia voluntad, porque sabe que no es quien gobierna su vida. Esto es exactamente lo que significa aceptar el señorío de Cristo en nuestras vidas.

“¿No se dan cuenta de que uno se convierte en esclavo de todo lo que decide obedecer? Uno puede ser esclavo del pecado, lo cual lleva a la muerte, o puede decidir obedecer a Dios, lo cual lleva a una vida recta. Antes ustedes eran esclavos del pecado, pero gracias a Dios, ahora obedecen de todo corazón la enseñanza que les hemos dado. Ahora son libres de la esclavitud del pecado y se han hecho esclavos de la vida recta. Uso la ilustración de la esclavitud para ayudarlos a entender todo esto, porque la naturaleza humana de ustedes es débil. En el pasado, se dejaron esclavizar por la impureza y el desenfreno, lo cual los hundió aún más en el pecado. Ahora deben entregarse como esclavos a la vida recta para llegar a ser santos”. Romanos 6:16-19

Pasamos de una esclavitud a otra, no hay punto medio. Solo hay dos naturalezas que pueden gobernar nuestros pensamientos y acciones: la vida de Cristo o la naturaleza pecaminosa.

En todos nosotros habita EL pecado. Tenemos que diferenciar El pecado de los pecados. Cuando la biblia habla de el pecado que mora en nosotros (Ro 7:17) hace referencia a la naturaleza carnal que entró por medio del pecado original. Es una naturaleza corrupta que es contraria a la voluntad de Dios.

“Pues la naturaleza pecaminosa es enemiga de Dios siempre. Nunca obedeció las leyes de Dios y jamás lo hará. Por eso, los que todavía viven bajo el dominio de la naturaleza pecaminosa nunca pueden agradar a Dios”. Romanos 8:7-8

Esta naturaleza habita en todos nosotros. Habita en los que hemos aceptado a Cristo en nuestro corazón y en los que no conocen a Dios. Constantemente pone deseos de hacer el mal. Nos lleva a tener ganas de ver pornografía, a querer hablar mal de personas que no nos caen bien, a quejarnos de los jefes o autoridades, a comer más de lo que necesitamos, a dejar de congregarnos, a divertirnos con excesos, a mirar con lujuria personas que no son nuestros esposos/as, a quedarnos con plata de la caja del trabajo, a mentir para zafar de consecuencias negativas, a enojarnos e insultar. Y así miles de ejemplos de obras de la carne.

No importa cuán espirituales seamos, todos debemos lidiar con esta naturaleza. Desde que entró en el hombre lo ha corrompido y llevado a hacer desastres. Podemos ver en la sociedad actual las consecuencias del operar de esta naturaleza. En 2 Pedro 2:14 dice que las personas dominadas por esta naturaleza “nunca sacian su deseo por el pecado”. No para hasta llevarnos a nuestra propia destrucción. Nos hace la vida miserable y nos aleja de la vida verdadera.

“Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa. La naturaleza pecaminosa desea hacer el mal, que es precisamente lo contrario de lo que quiere el Espíritu. Y el Espíritu nos da deseos que se oponen a lo que desea la naturaleza pecaminosa. Estas dos fuerzas luchan constantemente entre sí, entonces ustedes no son libres para llevar a cabo sus buenas intenciones, pero cuando el Espíritu los guía, ya no están obligados a cumplir la ley de Moisés. Los que pertenecen a Cristo Jesús han clavado en la cruz las pasiones y los deseos de la naturaleza pecaminosa y los han crucificado allí.  Ya que vivimos por el Espíritu, sigamos la guía del Espíritu en cada aspecto de nuestra vida”. Gálatas 5:16-25

Para librarnos de la naturaleza pecaminosa, primero debemos desenmascararla y verla como lo que realmente es: la responsable de nuestra destrucción y de la sociedad en la que vivimos. Ella es nuestra principal enemiga y vive dentro de nosotros. Nos engaña constantemente y nos seduce, para hacer lo que no conviene. Es la responsable de todas las malas decisiones que has tomado en la vida. Si la dejes que gobierne, te va a convertir en un monstruo, que podemos disimular y disfrazar en la iglesia, pero que en nuestro interior todos conocemos.

Hay una versión de nosotros mismos dominados por la naturaleza pecaminosa y hay otra dominados por el espíritu.

“En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio”. Gálatas 5:22-23

Lo único que nos separa hoy nuestra realidad actual de la de alguien gobernado por el espíritu, es la esclavitud a la naturaleza carnal.

¿Cómo me libero de la naturaleza pecaminosa?

Por medio de la obediencia. Frente a este cáncer que nos arruina la vida, Dios nos dio una solución. Nos otorgó algo que nos libera de esta esclavitud cada día, y nos permite vivir en su libertad. Ese algo es la cruz. La cruz es la expresión del amor de Dios, es donde rendimos nuestra voluntad llena de deseos corruptos para abrazar su voluntad buena, agradable y perfecta.

La voluntad de la carne es el “yo quiero”. La voluntad de Dios es todo lo que “Él quiere”. ¿Cómo nos damos cuenta que estamos gobernados por la vida de Cristo? Porque constantemente nos encontramos haciendo cosas que no queríamos hacer.

¿Quiénes son los verdaderos adoradores que el Padre está buscando? ¿Qué es realmente adoración? Obediencia. Renuncia, sacrificio. Cada vez que decimos no a nuestra voluntad para hacer la suya, estamos elevando olor fragante de adoración. Cuando dejo de ver el partido de fútbol para ir a la reunión, ahí estoy adorando, no cuando canto. Cuando digo no a juntarme con amigas para ir a un ensayo, ahí estoy adorando.

“¿Qué les hace pensar que yo deseo sus sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de sus ofrendas quemadas de carneros y de la grasa del ganado engordado. No me agrada la sangre de los toros ni de los corderos ni de las cabras. Cuando vienen a adorarme, ¿quién les pidió que desfilaran por mis atrios con toda esa ceremonia? Dejen de traerme sus regalos sin sentido. ¡El incienso de sus ofrendas me da asco! En cuanto a sus celebraciones de luna nueva, del día de descanso y de sus días especiales de ayuno, todos son pecaminosos y falsos. ¡No quiero más de sus piadosas reuniones! Odio sus celebraciones de luna nueva y sus festivales anuales; son una carga para mí. ¡No los soporto!  Cuando levanten las manos para orar, no miraré; aunque hagan muchas oraciones, no escucharé, porque tienen las manos cubiertas con la sangre de víctimas inocentes. ¡Lávense y queden limpios! Quiten sus pecados de mi vista. Abandonen sus caminos malvados. Aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia y ayuden a los oprimidos. Defiendan la causa de los huérfanos y luchen por los derechos de las viudas. Si tan solo me obedecen, tendrán comida en abundancia. Pero si se apartan y se niegan a escuchar, la espada de sus enemigos los devorará. Yo, el SEÑOR, ¡he hablado!”. Isaías 1:11-20

Prof. Natanael Ceballos

 

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