Por Natanael Ceballos

“Cuando el pueblo de Israel era niño, yo lo amaba; a él, que era mi hijo, lo llamé de Egipto. Pero cuanto más lo llamaba, más se apartaba de mí. Mi pueblo ofrecía sacrificios a los dioses falsos y quemaba incienso a los ídolos. Con todo, yo guie al pueblo de Efraín y lo enseñé a caminar; pero ellos no comprendieron que era yo quien los cuidaba. Con lazos de ternura, con cuerdas de amor, los atraje hacia mí; los acerqué a mis mejillas como si fueran niños de pecho; me incliné a ellos para darles de comer, pero ellos no quisieron volverse a mí”. Oseas 11:1-5 (DHH)

Estos años de trabajar con jóvenes me hicieron entender que la rebeldía surge de no percibir el amor detrás de la autoridad. Muchas veces es el resultado de la disciplina sin amor, la injusticia, o el autoritarismo. Pero en el caso del pueblo de Israel era diferente, había amor genuino de parte de
Dios. No se acercaban a Dios porque no entendían que los estaba amando.

Esto me recuerda a la historia del cervatillo que una vez escuché: un día se desató un gran incendio en una zona de bosques. Los bomberos acudieron al lugar para intentar apagar el fuego, pero este se propagaba cada vez más rápido. Uno de los bomberos escucho un gemido extraño y alcanzó a ver entre las llamas a un pequeño cervatillo que había quedado atrapado cuando una rama grande se desprendió y calló sobre él. Al bombero le dio tanta lástima que como pudo se metió entre medio de las llamas y con mucho esfuerzo logró llegar hasta donde estaba el cervatillo. El bombero lo agarró fuerte y comenzó a correr para alejarlo del incendio. Pero mientras corría el cervatillo se asustó y empezó a pegar patadas y sacudirse, cada vez más fuerte intentando escaparse. Tanto insistió y golpeó los brazos del bombero que este tuvo que soltarlo.

El cervatillo asustado corrió nuevamente hacia el fuego y se desapareció. El bombero triste y desilusionado pensó para sí: “No entendió, que lo único que yo quería era ayudarlo. No entendió que si lo agarré fuerte era para cuidarlo, no para hacerle mal.”

Para reflexionar: Su amor no depende de lo que hagamos, se trata de lo que Cristo ya hizo en la cruz. Estamos en la posición correcta, ¡disfrutemos de su amor! ¿Cuánto disfrutas del amor del
Padre?

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