Por Ruth Giordana

“El Padre que me envió es fuente de vida y yo vivo debido a él. Así mismo el que se alimenta de mí, vivirá debido a mí”. Juan 6:57 (NTV)

Cristo es la fuente que da vida, la fuente de amor, de provisión, de alegría y mucho más. Todo lo tenemos en Él, solo necesitamos ir y servirnos.

El Padre crea en nosotros una dependencia a Él, de buscarlo todos los días. Cuando entendemos que el Padre es nuestra fuente, reconocemos nuestra dependencia de Su plenitud. Es ahí en intimidad, donde nos conectamos a sus abundantes riquezas espirituales y físicas, y donde podemos bajar los diseños del cielo a la tierra.

La intimidad hace que en nosotros haya cambios notorios, que podamos crecer en Cristo. En intimidad podemos conocerlo más, sabemos qué quiere que le entreguemos, qué dice de nosotros, podemos escucharlo y él puede escucharnos a nosotros. Esto es servirse de su fuente.
Cuándo estamos conectados nos posicionamos en tiempos nuevos, caminamos y no nos estancamos, somos llenos de lo nuevo que Cristo tiene para nosotros.

Cuándo la verdad de la plenitud se nos revela, migramos de una mentalidad de pozo a mentalidad de fuente. Para que un pozo se llene necesita de agua de lluvia, pero si entendemos que Cristo es una fuente de vida eterna en nuestro interior, la forma de satisfacer nuestras necesidades cambia.

Para reflexionar: ¿Qué cosas necesita de Cristo? ¿Puede reconocer cuáles son sus fuentes?

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