Por Natanael Ceballos

“Por lo tanto, ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús; y porque ustedes pertenecen a él, el poder del Espíritu que da vida los ha libertado del poder del pecado, que lleva a la muerte. La ley de Moisés no podía salvarnos, porque nuestra naturaleza pecaminosa es débil. Así que Dios hizo lo que la ley no podía hacer. Él envió a su propio Hijo en un cuerpo como el que nosotros los pecadores tenemos; y en ese cuerpo, mediante la entrega de su Hijo como sacrificio por nuestros pecados, Dios declaró el fin del dominio que el pecado tenía sobre nosotros”. Romanos 8:1-6 (NTV)

El pecado no tiene más poder ni dominio sobre nosotros cuando estamos en Cristo. El haber muerto juntamente con Cristo nos hizo libres de la esclavitud del pecado, eso significa que en nosotros esta todo lo que necesitamos para vencerlo. La pregunta es ¿Por qué entonces no puedo vencer sobre el pecado?

Quizás la respuesta es que nos falta fe para apropiarnos de esta verdad. No se trata de luchar con nuestras fuerzas, se trata de dejar que la gracia, a quien podemos definir como la naturaleza divina en nosotros, triunfe sobre el pecado. Necesitamos un cambio de naturaleza, que solo se produce luego de que hemos muerto y nacido de nuevo.

En 2 Corintios 12:7-9 el apóstol Pablo habla sobre una espina en su carne, que en tres ocasiones distintas le suplicó al Señor que se la quitara. A lo cual Dios le respondió: “Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad” (NTV). La Gracia se libera en nosotros por medio de la humildad y el quebrantamiento de reconocer nuestras debilidades y limitaciones. La confesión y el pedir ayuda nos coloca en una posición de humildad, reconociendo que no somos autosuficientes.

Para reflexionar: ¿Estamos viviendo la libertad que Cristo conquistó para nosotros? ¿Necesito una mayor revelación de su gracia?

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