Por Silvia Giordana

“La naturaleza pecaminosa desea hacer el mal, que es precisamente lo contrario de lo que quiere el Espíritu. Y el Espíritu nos da deseos que se oponen a lo que desea la naturaleza pecaminosa. Estas dos fuerzas luchan constantemente entre sí, entonces ustedes no son libres para llevar a cabo sus buenas intenciones”. Gálatas 5:17 (NTV)

La batalla está entre las dos naturalezas que son incompatibles una contra la otra: una es maligna y la otra buena. Todo ser humano nace con la naturaleza caída a la que llamamos adánica. Ésta naturaleza está corrompida, es egoísta, egocéntrica, uctuante, y repleta de malos deseos. Cuando la persona se encuentra con la verdad, la nueva naturaleza en Cristo se comienza a activar mediante una renovación en la mente, en un proceso de muerte a nuestras pasiones y deseos. Es allí donde comenzamos a renunciar a nuestra voluntad para dar lugar a la del Padre. Este proceso es semejante al que se somete la oruga que decide entrar en la metamorfosis para transformarse en mariposa.

Para ser transformados en Cristo, decidimos dejar de practicar o incluso pensar en lo que a la naturaleza caída le gusta.

La luz nos confronta con la verdad que es Cristo, como dice Romanos 12:2 “Más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta” (NTV). En este nuevo proceso comenzamos a recibir los beneficios de estar en Cristo, y nos vestimos de la nueva naturaleza (Colosenses 3:10). Por medio de ella somos redimidos, amados, transformados en hijos, santos, puros, y Cristo lo llena todo.

Para reexionar: ¿Le ha permitido a Cristo reinar en su vida? ¿Piensa de una manera egoísta? ¿El Reino toma el primer lugar en su corazón?

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