Por Rebeca Calderón

«Si alguien me dijera: «¿De qué nos va a culpar Dios, si nadie puede oponerse a sus deseos?» Yo le contestaría: “Amigo mío, tú no eres nadie para cuestionar las decisiones de Dios”. La olla de barro no puede quejarse con el que la hizo, de haberle dado esa forma. El alfarero puede hacer con el barro lo que quiera. Con el mismo barro puede hacer una vasija para usarla en ocasiones especiales, y también una vasija de uso diario.» Romanos 9: 19-21 (TLA).

La palabra “autoridad” viene del latín «auctoritas» que se deriva de «auctor» cuya raíz es «augere» que significa aumentar, promover, hacer progresar.

Desde el punto de vista etimológico “autoridad” es una cualidad creadora de ser, así como de progreso. Dios tiene autoridad sobre la humanidad porque Él la creó, aunque le dio libre albedrío para tomar ciertas decisiones, Él tiene la última palabra.

Desde el momento que creímos en Dios ya no somos nuestros, somos de Él. Su legítima autoridad proviene de ser nuestro Creador y Redentor. Job 9:12 en la segunda parte dice: “¿Quién podrá pedirle cuentas de lo que hace?” (DHH) Dios es soberano y hace como Él quiere. Nuestra seguridad está en sus promesas.

Jeremías 29:11 “Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo.” (DHH)

Para reflexionar: ¿Quién tiene la autoridad final en el gobierno de su vida?

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