Por Silvia Giordana

  “Además, «no pequen al dejar que el enojo los controle». No permitan que el sol se ponga mientras siguen enojados, porque el enojo da lugar al diablo”. Efesios 4:26-27 (NTV)

La biblia no nos dice que debemos evitar sentir enojo, pero si destaca que debemos saber controlar ese sentimiento de forma apropiada. Todos, en algún momento, hemos sentido este disgusto como algo fugaz o una furia total. Esto es normal, ya que es una emoción. Lo importante es que esta cólera no nos endurezca el corazón y se convierta en una puerta abierta para Satanás.

El enojo mal controlado afecta a todas las áreas de nuestra vida, por eso nos dice su palabra que debemos ponerle límite, para que el enemigo no pase a tener derecho legal de actuar en nosotros o en la vida de los demás.

Las situaciones que nos pueden enojar son injusticias, atropellos, faltas de respeto, entre otras. Cuando le damos rienda suelta a estos sentimientos nuestro enojo se desborda provocando que lastimemos a los mas cercanos, a los que amamos: hijos, esposo, hermanos, amigos, padres y compañeros. No sólo eso, sino que también genera división y enemistad. Es por eso que ninguna circunstancia el enojo debe tener el peso de dejar heridas u división, dando lugar al enemigo para que se enseñoree, quedándose con la victoria.

Entendiendo que el enojo lastima nuestras relaciones y entorpece nuestra adoración, ya que no permite que entremos en completa comunión con el Padre. El orgullo de no perdonar genera esa barrera de acceso en intimidad. La madurez es la que nos lleva a poner guarda en la boca y ser mansos al actuar. En un momento de mucha bronca es cuando el carácter de Cristo se manifiesta.

Para reflexionar: ¿Qué le enoja? ¿Qué le hace sentir de esa manera? Cuándo se enoja, ¿Cómo reacciona? ¿Valió la pena el enojo? ¿Lo enoja la persona o la situación?

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