Por Evelyn Toledo

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;» Mateo 28:19 (RVR 1960)»

¿Qué es el discipulado? Es una de las mejores herramientas para trabajar en el corazón y carácter. Para morir más a nuestro “yo”, a la naturaleza pecaminosa, para recibir corrección, etc. y así poder manifestar a Cristo en todas las áreas de nuestra vida y madurar como cristianos. Sin el discipulado seguiremos siendo niños espirituales.

Cuando nos dejamos discipular por alguien, estamos dejando que Cristo mismo lo haga. Por eso es una transferencia de vida. La persona que nos lidera está impartiendo en nosotros todo lo que Dios le dio: experiencias, revelaciones, verdades, conocimientos y la vida misma de Cristo. Este es un modelo que Cristo nos dejó para formar cristianos maduros. Entonces es su voluntad que se haga así (Mateo 28:18-20).

No podemos perdernos los momentos de discipulado, porque cada encuentro es una verdad que va a ser implantada en nosotros y debemos recibirla. Hay que ser consciente de la importancia de estos momentos, pues allí recibimos lo que nuestro espíritu está necesitando. Muchas veces será corrección, palabra de Dios o dirección.

Jesús es nuestro mayor ejemplo. Él fue discípulo y discipulador. Imitaba todo lo que el Padre hacía y eso impartía a sus discípulos. Realmente les enseñaba todo lo que había recibido del Padre y de esa manera ellos luego podían enseñárselo a otros.

La mejor que puede tomar es la de ser discipulado por alguien. Porque cuanto más deje que otra persona influya en su crecimiento, más madura será en Dios. No se estancará y siempre correrá la vida de Cristo en usted.

Para reflexionar: ¿Está asistiendo a un discipulado? ¿Realmente está dejando que su líder transmita la vida de Cristo en usted?

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