Por David Saint

Antes de iniciar, les invito a realizar las siguientes lecturas: Lucas 18:9-14; Mateo 23:1-36; Mateo 21:31; Filipenses 3:3-8; Isaías 64:6.

Cuando una persona se convierte a Jesucristo y decide establecerlo en su vida como su Salvador y Señor, nuestro Dios comienza en nosotros un proceso de transformación que tiene como resultado un crecimiento en nuestra semejanza de Cristo. El Espíritu Santo nos va embelleciendo con los frutos del Espíritu, descritos en Gálatas capítulo 5. Hay una característica que tienen algunas personas, llamada justicia propia, religiosidad o fariseísmo. Y es una justicia contraria al carácter de Cristo.

La justicia propia consiste en un orgullo religioso o moral, en la que la persona se siente superior a los demás en cuanto a la ética o conducta, y menosprecia a los demás que supuestamente son «pecadores» o inferiores. Nuestro Señor, en Lucas 18, narra la parábola del fariseo y el publicano para resaltar las diferencias de estos dos caracteres: dice que dos personas fueron al templo a orar, un fariseo (un profesor de la religión judía) y un publicano (un cobrador de impuestos). El primero oraba consigo mismo elogiándose por sus supuestas virtudes: «Dios te doy gracias que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano». ¡Es evidente que sus palabras rebosan de desprecio!

El publicano, en cambio, se sentía indigno por su condición moral y oró así: «Dios, sé propicio (ten misericordia) de mi, un pecador». Jesús claramente declaró que el publicano que confesó sus faltas honestamente y sin excusas regresó a su casa justificado, perdonado y limpio. La verdad es que todos nosotros somos igualmente pecadores, en mayor o menor grado, y todos necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados para experimentar el gozo del perdón. Jesús mostró mucha más compasión con los publicanos y prostitutas, que con los fariseos, para quienes reservó sus palabras más duras.

En Juan 1 la palabra declara que si decimos que no tenemos pecados hacemos a Dios un «mentiroso»,(ya que no hay justo en la tierra, ni aún uno). Pero si confesamos nuestros pecados sin esconder nada, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de todo pecado.

Para reflexionar: Le invito a que tome un tiempo de autoanálisis, en la presencia de Dios, y reflexione si su orgullo tiene el control de su justicia, o si Cristo gobierna en ella.

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