Por Priscila Mattos

“Porque separados de mí, ustedes nada pueden hacer”. Juan 15:5b (RVC)

La autosuficiencia se define como el “modo de ser o el comportamiento de la persona, que está convencida de ser capaz de satisfacer las necesidades, por sus propios medios” (RAE). Si nos detenemos por unos instantes y analizamos nuestros pensamientos y actitudes, podemos notar que en mayor o menor grado, todos nos comportamos desde la autosuficiencia.
El orgullo es la raíz de la autosuficiencia en la vida del hombre, y su objetivo principal, es volvernos independientes de Dios. El orgullo nos hace creer que no necesitamos nada ni de nadie para vivir, nos hace considerar que somos superiores ante los demás e impide que aceptemos la ayuda de otras personas, y mucho menos la ayuda de Dios. Socialmente, la autosuficiencia es
bien vista y admirada, ser autosuficiente es símbolo de fuerza y poder para los hombres: acumular logros y abastecerse por sí mismo, es un trofeo de aprobación y aceptación ante los ojos del mundo, pero muy lejos esta del corazón de Dios

Aun así, el amor de Dios y sus propósitos están por encima de todo orgullo e independencia. Él no desiste ni se da por vencido ante nuestra mala manera de vivir, sino que es capaz de mover todas las piezas que sean necesarias, hasta ver finalizada por completa su obra. La adversidad y la dificultad son piezas movidas por Dios que golpean al orgullo. Dios nos pone ante situaciones que no podemos manejar o controlar, es entonces que comenzamos a sentirnos desorientados e indefensos. El Espíritu Santo alumbra nuestras limitaciones e insuficiencias para producir un verdadero arrepentimiento, somos llevados en amor a reconocer nuestras debilidades ante el Padre, entregamos la seguridad que tenemos en sí mismos y somos afirmados en la verdad que podemos vivir plenamente dependiendo solo de Él. Es entonces cuando Dios nos ofrece su suficiencia, poder y dirección que se encuentran dentro de Cristo. Solo en Él subsisten todas las cosas (Colosenses 1), solo Él es suficiente para sobrellevar todo lo que a nuestro parecer resulta pesado e imposible. Cuando llevamos una vida dependiendo de Dios, nos sentimos más livianos ya que nos dejamos ayudar, comenzamos a considerar y ver a las personas como mayores a nosotros mismos y la humildad se comienza a notar en las acciones del diario vivir. Somos verdaderamente fuertes cuando somos capaces de reconocer lo débiles que somos.

Para reflexionar:  Elija dos o tres personas que usted haya considerado inferiores, y con la guía del Espíritu Santo, proponga hacer actos de servicio para honrar y restituir el valor verdadero de
esas personas.

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