Por Leandro Garay

“¿Con qué me presentaré ante Jehová, y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Miqueas 6:6-8 (RVR1960)

Cuando comenzamos a vivir una vida guiada por el Espíritu, entendemos que adoración no es cantar canciones lentas, sino es obedecer a lo que el Espíritu nos guía. Hablamos de adoración de sacrificio, porque siempre el adorar me lleva a entregar algo, para deshacernos de todo aquello que pueda desviarnos del diseño de Dios.

A Dios no le importa lo externo, sino lo interno. No le interesa qué se sacrifique, sino con que actitud se hace. Podemos decir que adoración es una actitud interna, una disposición del corazón que demuestra humillación y quebrantamiento.

¿Qué entregamos cuando adoramos? Nuestros deseos. Los sacrificios que a Dios le interesan son los que generan muerte (Gálatas 5:24). ¿Por qué alguien estaría dispuesto a renunciar a algo que ama? Solo por un amor más grande. Sólo estaremos dispuestos a morir si hemos experimentado el amor de Dios en nosotros.

Para reflexionar: ¿Qué está entregando en sus tiempos de adoración? ¿Experimenta el amor de Dios que lleva a sacrificio? 

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