Por Ailen Oviedo

“No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás. Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús”. Filipenses 2:4-5 (NTV)

La humildad es ante todo una actitud que nos lleva a reconocer nuestro lugar. La RAE describe a la humildad como una “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades”. Se aplica a la persona que tiene la capacidad de restar importancia a los propios logros o virtudes, y de reconocer sus defectos y errores.

Cristo, nuestro mayor ejemplo, nos muestra la esencia de la humildad en Filipenses 2.

Muchas veces, de forma inconsciente, tenemos motivaciones erradas a la hora de accionar, como competir para demostrar que lo puedo hacer mejor que otros o para mejorar mi imagen ante los demás. Haciendo crecer mi ego, juzgando en mis pensamientos a las personas y subestimándolas. Pero Pablo nos exhorta a cambiar nuestra forma de pensar a una mentalidad que no busque gloria personal, sino la gloria del Padre.

En Salmos 51:3-17, David nos muestra que tenía un corazón lleno de humildad, porque podía reconocer su pecado delante de Dios, y que solo Él tenía el poder para limpiarlo. Al humilde no le cuesta reconocer sus debilidades, porque sabe que sólo Dios puede transformarlas.

La humildad nace de un corazón quebrantado y humillado delante de Dios. Un corazón que vive y experimenta la gracia. Sabiendo que no tiene de que jactarse, que nada puede hacer para producir más o menos vida, sino que solo se trata de la vida de Cristo que quiere ser expresada.

Para reflexionar:  Le sugiero que se tome tiempo para escuchar la voz de Dios, donde su corazón pueda ser expuesto y pueda encontrar aquello que Él quiere moldear y transformar en usted.

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