Por Claudia Lalli

“Sino que trato con severidad mi cuerpo, y lo reduzco a servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo quede desaprobado”. 1 Corintios 9:27 (RVR1960)

El dominio propio es la virtud de una persona que controla sus deseos y pasiones; es la capacidad que tiene un individuo de controlarse o de equilibrar sus acciones y emociones, ser dueño de sí mismo. Se puede decir que el dominio propio es el resultado arduo y difícil de un ejercicio de la personalidad. Este concepto también se usa para designar la moderación con que el cristiano debe controlar su vida, utilizar los bienes materiales y de manera especial la comida, la bebida y los apetitos sexuales.

La práctica del dominio propio no se da de la noche a la mañana, y se logra con esfuerzo y dedicación, estando conscientes de que nos afecta a nosotros y a los demás, absteniéndonos de aquellos que nos gustaba y hasta nos daba placer, pero no nos conviene o no es grato ante el señor.

“Todo aquel que lucha, ejercita dominio sobre todas las cosas; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, incorruptible”. 1 Corintios 9:25 (RVR1960)

Las Escrituras alaban a los que pueden controlar su ira, porque “mejor es … el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad” Proverbios 16:32 (RVR1960). Por lo cual se nos anima a no permitir que la ira dure demasiado tiempo. Incluso hay que velar y no dejarse dominar por nada, aunque sean cosas legítimas. De igual manera, hay que ejercer el dominio propio en el
uso de la lengua.

Le invito a reconocer sus áreas débiles donde necesita dominio propio, y pídale a Dios que te fortalezca en esa debilidad.

Para reflexionar: Le invito a reconocer sus áreas débiles donde necesita dominio propio, y pídale
a Dios que te fortalezca en esa debilidad.

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