“El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará”.        1 Corintios 13:8 (NTV)

Los seres humanos percibimos el amor como un sentimiento intenso, una necesidad que nos hace sentir insuficientes, una búsqueda por unirnos, una atracción y una entrega. Pero debemos entender que la única manera de saciar todo esto es conociendo el amor de Dios y permaneciendo en él.

El amor de Dios no tiene principio ni final, no se cansa, no se tarda ni equivoca, no traiciona ni engaña, el amor de Dios es constante. Nunca deja de existir, todo dejará de ser; excepto Su amor.

Cuando el amor de Cristo en nosotros es manifiesto, podemos transmitir este mismo amor a los demás. Cuando usted pueda entender “cuán ancho, largo, alto y profundo es el amor de Cristo” (Efesios 3:18 DHH), comenzará a poner en práctica ese mismo tipo de amor, que es el único que realmente existe.

Ese mismo amor que Cristo nos ha dado, debemos tener ante los demás. Una forma de amar que no tiene envidia, que no se irrita, que no se envanece, que no hace nada indebido, que no busca lo suyo, que no guarda rencor, que no se goza de la injusticia sino más bien se goza de la verdad.

El amor es eterno, porque Cristo mismo lo es. Apocalipsis 13:8 afirma que el cordero fue inmolado desde antes de la fundación del mundo, por lo tanto su amor se expresó desde antes de la creación y se mantiene vigente a lo largo de la eternidad.

Para reflexionar:¿Ha podido usted experimentar este amor? Si su respuesta es no, lo invito a que pueda buscarlo a través de un tiempo de intimidad con él, y que pueda pedirle que el amor sea manifiesto en su vida.

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