Por Johana Figueroa

“(El amor) no se deleita en la maldad”. 1 Corintios 13:6 (NTV)

Para que el amor crezca en bondad, paciencia, misericordia, humildad y compasión debe someterse al trato con personas. Algunas veces amaremos a esas personas y en otros casos nos será más difícil amarlas. Pero debemos de recordar que Dios las puso en nuestro camino para que aprendamos a desarrollar el amor perfecto.

Podemos entender que el amor va más allá de una emoción o de sentir algo por alguien. Se trata de una decisión. Poner la otra mejilla cuando se es golpeado o traicionado, dar una segunda oportunidad, perdonar a quien nos dañó, amar a nuestros enemigos, etc. Son acciones que solamente pueden generarse desde la vida de Cristo en nosotros.

El verdadero amor renuncia al deseo de venganza, no cree en la maldad, sino que todo el tiempo busca que la bondad de Dios reine.

El amor no se alegra cuando un enemigo enfrenta problemas. No se regocija cuando alguien sufre una caída o retroceso. El amor va más allá de la justicia del hombre. El amor incluye una actitud de bien hacia las personas que nos han herido.

Nada de esto es fácil, pero es muy poderoso. Cuando caminamos en esta clase de amor podemos ser de ejemplo a otros. Ningún ser humano puede manifestar este amor por su propia cuenta, sino que es posible desde la vida de Cristo en nosotros.

El evangelista Henry Drummond, sostenía que el amor que se entristecía de la maldad es “un amor que no guarda rencor, sino que ve el lado positivo y no pierde la confianza en otros”. Le permitirá renunciar a su egoísmo. Un encuentro con Cristo hace de esto, un estilo de vida.

Para reflexionar: ¿Logra identificar en sus pensamientos venganza? ¿Ha deseado o le desea el mal a otra persona?

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