Por Paola Arguello

«El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». Corintios 13:4-7 (NVI)

Hoy nos enfocaremos en el amor que no es orgulloso. Hemos aprendido que el orgullo siempre se ha definido como altivez, soberbia, egoísmo, arrogancia y vanidad; entonces, cuando vemos este tipo de características en una persona nos resulta fácil señalar y de inmediato tacharla de “orgullosa”.

En Galatas 5:22, Pablo habla que el fruto del Espíritu es amor. Solamente el Espíritu Santo puede producir esto en nosotros. Un inconverso es incapaz de manifestar esto y hasta muchos creyentes son incapaces de generarlo con sus propias fuerzas.

Cuando hablamos de este amor debemos recordar que es de origen sobrenatural. El amor del que se habla aquí no es el eros de la pasión, o filia de la amistad y del afecto, sino del amor ágape. Éste último es el amor que Dios no ha demostrado y que desea que lo extendamos a los demás.

Este amor hace morir nuestros deseos y necesidades. Pone en primer lugar las necesidades del otro, aún si representa un sacrificio para nosotros. Busca el bien supremo de los demás, atiende al sencillo y al importante, a los enemigos así como a los amigos. Es incondicional y nunca pide  nada a cambio. Este amor, es en esencia sacrificio.

Para reexionar: Le invito a que pueda memorizar este pasaje, para que lo tenga en su corazón y mente. Que lo pueda usar como una evaluación, no solo durante este día, sino a través de toda su vida. ¿Está creciendo en la gracia de su amor?

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